Ricard 111. Han pasado once años. El nombre de Ricard ya no resuena en los pasillos de un instituto, sino en los de una cárcel donde cumple una condena imposible: 111 años. El chico que se reflejó en el monstruo de Shakespeare intenta ahora habitar una normalidad frágil, hecha de rutinas, libros y silencios.
\r\n\r\nSabe que las voces que lo empujaron a matar tenían un nombre clínico. Sabe también que la mariposa azul que creía real aquella presencia delicada que guió sus actos sólo vivía dentro de su cabeza. Aceptarlo fue el primer paso hacia una lucidez dolorosa.
\r\n\r\nRicard 111 sitúa al espectador ante un enigma inquietante: ¿qué pasa cuando el mal ya no puede atribuirse a fantasmas, sino a uno mismo? En su regreso a Shakespeare, Ricard buscará respuestas en los demás personajes, quizá para entender aquello que nunca quiso mirar de cara.
\r\n\r\nY el espectador, de nuevo convertido en testigo privilegiado, no podrá dejar de preguntarse si la redención es posible o si hay sombras que, como ciertas mariposas, sólo parecen vivir un día pero pueden habitarnos toda la vida.
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