ÓRIGENES DE LA NAVIDAD FLAMENCA
Los orígenes de la Zambomba datan del s. XVIII, cuando los vecinos andaluces se reunían los días previos a la Noche Buena en los patios para hacer dulces navideños mientras cantaban, tocaban las palmas y bailaban hasta el alba. Poco a poco el repertorio se ha ido enriqueciendo con la incorporación de villancicos tradicionales, que se fusionan con el flamenco.
Cuando suena la pandereta es señal inequívoca de que la Zambomba Flamenca va a comenzar. Luego se escucha una guitarra, un cajón, unas palmas... llegan los villancicos. La hoguera en el patio, las calles vacías, los vecinos entorno a la lumbre.. Suenan villancicos cantados, por bulerías, rumbas, fandangos.. La gente se arranca a bailar, adultos y niños, con gracia y alegría en un ambiente festivo, es una reunión diferente. Un cantar y bailar todos juntos para celebrar que el Niño Dios nació en un portal, pobre y desnudo, como un gitanillo de Jerez. Y entre tanto arte ocurre la magia, y el duende. Una celebración coral, donde todos los asistentes participan y nadie se salva de interpretar alguna letra. Lo más importante de la fiesta es la convivencia.
El anhelo de juntarnos alrededor del fuego ha perdurado, los flamencos siguen tocando la zambomba adaptada a diferentes entornos, de modo que los teatros, las peñas y los centros culturales y cívicos de todo el país, abren sus puertas para acoger esta fiesta que nació en la calle. Un encuentro en el que prima la espontaneidad de los artistas que simulan una fiesta entre amigos. En el que las canciones giran en torno al pesebre y los pastorcillos. El buey, la mula y los reyes de Oriente tampoco faltarán. Luces de colores, estrellas de Navidad, guirnaldas, flores de pascua y espumillones están en todos los rincones. En el escenario las sillas de enea, están dispuestas formando un semicírculo que deja a los guitarristas y percusionistas en la parte trasera, dejando hueco para los bailes y los cantes que se realizan de pie cerca del fuego, arrastrando al público.
Entre todos, artistas y público se hace un “puchero” de lo más rico, lo mismo que se hacía antiguamente en los patios de las casas. Se remueve la cazuela por rumbas y por bulerías. Y al final el alma y las ganas de vivir y amar, se alimentan con un plato calentito de buen flamenco y compás.
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